Volar liviano como hoja de papel

Publicado en • Última modificación

Había, hay y habrá, una y muchas veces, toda una lengua inacabada paseándose por mundos a través de la tradición oral. Este es un relato más que les quiero contar. Si algo he aprendido es que es imposible abarcar la verdad, lo que no se ha dicho también existe y el silencio es un territorio enunciativo en constante disputa.

 

Me gustaría detenerme en ciertas muletillas, latiguillos, oraciones algunos con carácter de himno, que a veces son de cabecera y otras acaban por descabezarnos, pero como la lengua vive en todxs aquellxs que la habitamos siempre la podremos pervertir, aunque sea en un simple gesto. 


La historia no la escriben solo lxs que ganan pero tampoco la escribimos todxs: solx algunxs humanxs tenemos la posibilidad de acceder al poder de esta herramienta y consciente de ese privilegio subjetivo y situado me posiciono para escribirles.


Jaz dice que muchas de las frases que colecciono son frases cancerianas.Una de ellas es siempre vuelvo a los lugares donde he amado la vida, cuando la invoco lo interpreto como que siempre vuelvo a mis amigxs, a la gente que quiero. Es inevitable que me enamore de ellxs. Su forma de ser, de expresarse, hasta de vestir, la manera en la que se mueven y la calidez con la que se dirigen a mí cuando todo parece estar oscuro. 


Aprovecho cada instante que pasamos juntes como a un chocolate que quisiera que dure para siempre. Pero como todo lo rico de la vida, es rico porque tiene un principio y un fin, y en parte eso es lo que motoriza mi escritura en el día de hoy, porque tengo presente los encuentros, desencuentros y transformaciones con lxs vínculos que sostenemos. 


Hace unos años llevo conmigo en el repertorio de frases que colecciono, una pregunta que Rod convirtió en obra pero que la dijo anda a saber quién. La pregunta dice así: ¿en qué mundo triunfan los delirios que fracasan? 


No me interesa reflexionar sobre que implica triunfar porque lo desconozco pero me gusta pensar en los mundos delirantes que existen infinitamente y en la potencia de hacernos preguntas. Quizas en uno de esos mundos, nos encontramos los otros días, cuando gritamos juntes: mucho sexo gay, no la cola no, el morbo es eterno, rompe tu celular.


Hace mucho que pienso en torno al poder de enunciar, en la voz del cuerpo, el cuerpo de la voz, la historia de papel y el papel de la historia. Leo y releo mi memoria, a lo largo de cuadernos, documentos de word, pasajes de libros, imágenes, videos y otrxs. 


Hace un par de días creé un canal de telegram con mucha de mi basura digital, entre todo ese material hay un pasaje textual de una crónica dedicada a una amiga de la que me enamoré. Esa escritura sirvió de insumo a esta improvisación. Aclaro, estoy esbozando estas ideas en la oficina, mientras mis compas me hablan de trabajo y se me despiertan las ganas de cagar. Pero volviendo a ese texto que les estaba comentando, tiene un final inconcluso que cito a continuación:


 “Ojalá que esta maldita primavera traiga consigo el amor para mi. Si lo escribo estoy un pasito más cerca de hacerlo realidad. Flim paff! recién recibo un mensaje tuyo. Que poderosa la palabra, estaba a punto de despedirme pero esto me empuja a seguir un ratito más acá. 


Con esto del poder darle cuerpo a las ideas a través de enunciarlas, se me vino a la mente un ritual de la niñez que me gustaría repetir. Lo inventamos con mi amiga viki, escribíamos un pedido idéntico en un papel, lo firmábamos y  después lo dejábamos toda la noche abajo de la almohada. Al día siguiente lo prendíamos fuego y no se lo contábamos a nadie. Yo lo seguí haciendo durante la adolescencia con una pequeña variación, dirigía el pedido a San Expedito, esto fue durante un despertar místico que tuve a los 14 años, pero eso es otra historia.“


Siempre me cuesta darle un cierre a lo que cuento. Me encanta irme por las ramas o mirar por la ventana y colgarme a contemplar puntos de fuga. Sin embargo hoy las palabras me empujan a hacer el esfuerzo de sintetizar y amarrar los sentidos en algún puerto: reitero esta escritura está impulsada por lxs afectos de nuestro último encuentro, las charlas que sostuvimos en la distancia y las que me gustaría que sigamos teniendo.  


Cada quién tiene su vida y el tiempo sigue su curso inevitable. Sin embargo, celebro cada vez que elegimos compartir(nos), acercarnos y detenernos a sentir(nos). Muevo, me muevo y dejo que me muevan, repienso mis límites y cuando puedo los expando. Así paso a paso, me animo a imaginar mundos y a ensayar mi existencia.


Solo cuando todo eso movido, se vuelve visible para mí, intento comunicarlo a través de la palabra-imagen. Pero la leyenda de la Malinche me enseñó que toda traducción es también traición, como señalé al principio de este texto que se parece a una carta de amor, la única certeza es que la verdad no se puede terminar de abarcar. 


En una charla muy linda que presencié hace unos años por casualidad, la filósofa Esther Diaz contó una historia que ella leyó de Platón en donde decía que lxs seres humanxs antes de estar en este cuerpo teníamos alas, alas del alma. Porque con los ojos del alma podíamos ver la verdad. Ella hablaba de la verdad, no como una cosa pesada, sino que usó de ejemplo cuando alguien está estudiando y descula un tema que le nace una ganas de contarle a lxs demás lo que aprendió, de compartir con otrxs la alegría que da el conocimiento. 

 

El cuento sigue, con que eramos felices cuando no teníamos cuerpo porque volábamos por el mundo de las ideas. Pero cuando nos llamaron a vivir a este mundo, a este cuerpo, nos hicieron pasar por el río de Theos que tiene la propiedad del olvido. Aunque aclara, conservamos las ansías de volar, por más que no se pueda porque ya no vemos la verdad. 


La historia termina, con un consejo: no hay que desesperarse. Porque si somos capaces de estar mucho tiempo juntes como para buscar juntes la verdad, puede que empecemos a sentir un cosquilleo en los hombros, como si los pulmoncitos estuvieran haciendo fuerza. Y si insistimos en seguir juntes en esa búsqueda de la verdad puede ser que los pulmoncitos se expandan, nos crezcan las alas y podamos volver a volar. 


Gracias por leer y compartir. 


Repito una vez más lo que le escuché decir a Lemebel: no tengo amigues, tengo amores. 


A quién le quepa el poncho que se lo ponga y salga a la calle para futuros encuentros.  


Abrazos muchos y besos más, 


siempre cerca en las distancias,